Antes de que Jesús entrara en Jerusalén, éste se alojó en Betania y en Betfago. Ya en esa mañana, Jesús mandó a dos discípulos a que tomaran un burro que había sido amarrado pero nunca montado. Si eran preguntados, debían decir que el animal era necesario para el señor pero que sería devuelto. Jesús entró mesiánicamente en Jerusalén a lomos de una borriquilla.
“Al día siguiente, una gran muchedumbre de gente que había venido a la fiesta, habiendo oído que Jesús estaba para llegar a Jerusalén, cogieron ramos de palmas y salieron a recibirlo gritando: Hosanna, bendito sea el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel”.
Por la noche, Jesús regresa a casa de Lázaro donde una mujer le vierte el contenido de un tarro de alabastro, un perfume muy costoso. El Hijo de Dios, al parecer, justifica la acción de la mujer afirmando que los pobres siempre existirán y que pueden ser ayudados siempre que lo deseemos.
Y por fin llegó el Jueves, el instante donde comienza a conmemorarse la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. A eso de las siete de la tarde, Jesús se reúne con sus discípulos para compartir el pan y el vino antes de su muerte. Tras lavarle los pies a los apóstoles, Jesús habla con éstos para preguntarle a Juan “quien de vosotros me va a traicionar”. Judas aprovecha la ocasión para ausentarse de la fiesta.
Posteriormente, Cristo se dirige al monte de los olivos acompañado de sus discípulos a orar afanosamente y para suplicar al Padre que aleje de él ese cáliz mientras suda sangre ante la desesperación.
Cuando Jesús concluyó de orar, salió con sus discípulos y cruzó el arroyo de Cedrón. Al otro lado había un huerto en el que no entró solo. Dirigiendo a un grupo de soldados y guardias de los jefes de los sacerdotes y de los fariseos, Judas llegó a ese lugar que conocía perfectamente.
¿A quién buscan? – les preguntó.
A Jesús de Nazaret – contestaron
Yo soy.
Judas, el traidor, estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo “Yo soy”, dieron un paso atrás y se desplomaron.
¿A quién buscan? – volvió a preguntarles Jesús.
A Jesús de Nazaret – repitieron.
Ya les dije que yo soy. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan.
Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho: “De los que me diste ninguno se perdió”. Simón Pedro, que tenía una espada, la desenfundó e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha.
¡Vuelve esa espada a su funda! – le ordenó Jesús a Pedro-. ¿Acaso no he de beber el trago amargo que el Padre me ha de beber?.
Jesús fue llevado ante Caifás, que a su vez estaba reunido con los escribas y los ancianos. Todos buscaban obtener ese falso testimonio para darle muerte, pero no lo hallaron a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Uno de ellos dijo “Este declaró: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reedificarlo”.
El sumo sacerdote le dijo a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?”. Jesús no habló. “Te ordeno por el Dios viviente que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Jesús le comentó “Tú mismo lo has dicho; sin embargo, a ustedes les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo”.
El sumo sacerdote rasgó sus vestiduras “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ahora mismo ustedes han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Le contestaron “¡Él es digno de muerte!”. Le dieron puñetazos, le abofetearon y le escupieron en el rostro. “Adivina, Cristo, ¿quién es el que te ha golpeado?” le dijeron.
“Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los que lo custodiaban se burlaban de él y lo golpeaban, lo cubrieron con un velo y le preguntaban ¿Adivina quién te pegó? y le decían otras muchas injurias. Los soldados le trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le vistieron un manto de púrpura y se acercaban a él diciéndole Salve, Rey de los Judíos mientras le abofeteaban”.
Jesús de pie, maniatado y vestido con túnica y manto de color púrpura, es presentado al pueblo. Pilato dio a elegir entre él y Barrabás. Muchas de esas personas que rezaban con Jesús decidió que fuera Barrabás el que quedara liberado. El Hijo de Dios había sido oficialmente condenado a muerte. Momento previo a la Crucifixión, es despojado de unas vestiduras que posteriormente serían sorteadas entre los soldados. “Salió, pues, Jesús del pretorio acompañado de los dos malhechores. Y, en llegando al lugar convenido, le despojaron de sus vestiduras, le ciñeron un lienzo y le pusieron alrededor de las sienes una corona de espinas”.
Fue obligado a cargar la cruz en la que iba a ser crucificado hasta un lugar llamado Gólgota, o lugar del cráneo. En ese caminar le ayudó a llevar la cruz un hombre llamado Simón de Cirene. En el camino se encuentra con su madre María, y ésta con su hijo Jesús. El inocente es condenado por los culpables, mientras que la madre, conocedora de la mentira que tramaron, asume, desde la fe y el abandono, el destino que ha impuesto Dios padre.
También una mujer tendió a cristo un velo, lienzo o paño, para que enjugara el sudor y la sangre. Milagrosamente, en esa tela, quedó grabada la imagen de Jesucristo, el Santo Rostro.
Primera caída: “La calle, poco antes de su fin, torcía a la izquierda; se ensanchaba un poco, e iniciaba una cuesta. Había por allí un acueducto subterráneo, que venía del monte de Sión. Antes de la subida había un hoyo que, cuando llovía, con frecuencia se llenaba de agua y lodo, por cuya razón habían puesto una piedra grande sobre él para facilitar el paso. Cuando Jesús llegó a este sitio, ya podía andar. Pero, como los verdugos tiraban de él y lo empujaban sin misericordia, se cayó a lo largo contra esta piedra, y la cruz cayó a su lado”.
Segunda caída: “Pasaron los fariseos a caballo, después el chico que llevaba la inscripción. Detrás de éste su santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado, bajo la pesada carga de la cruz, inclinada su cabeza coronada de espinas. Echó una mirada de compasión sobre su madre, tropezó y cayó por segunda vez sobre sus rodillas y manos”.
Tercera caída: “Tras recorrer un tramo más de calle, la comitiva llegó a la cuesta de una muralla vieja interior de la ciudad. Delante de ella había una plaza abierta de la que partían tres calles. En esta plaza, Jesús, al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó: la cruz se deslizó de su hombro y quedó a su lado, y ya no se pudo levantar”.
Jesús es crucificado en el monte calvario. “Le clavaron las manos y los pies a la cruz, y la levantaron. También crucificaron a otros dos hombres que eran ladrones. Oró y le pidió al Padre Celestial que perdonara a los soldados que lo habían crucificado porque ellos no sabían que él era el Salvador. María, la madre de Jesús, estaba de pie cerca de la cruz. El apóstol Juan también estaba allí. La tierra quedó cubierta de oscuridad. El Salvador sufrió en la cruz por muchas horas”.
Mientras vive, predica siete palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” Mujer, ese es tu hijo. Y luego dijo al discípulo. Esa es tu madre” “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?” “Tengo sed” “Todo está cumplido” “Padre, en tus manos encomiendo tu espíritu”.
Expiración, Vera Cruz, Misericordias, Clemencia, Humildad y Buena Muerte son los títulos que sostienen los crucificados en la capital del Santo Reino.
“Cuando se le quitaron los clavos de los pies, José de Arimatea le descendió; todos rodearon el cuerpo del Señor y le pusieron en tierra. José era feliz porque había sido merecedor de tener el cuerpo de Cristo en sus brazos”. Antes de ser puesto en la tumba, Jesús es entregado finalmente a una madre pensativa con la mirada perdida en una profunda reflexión.
José de Arimatea envolvió el cuerpo de Jesús en telas de lino de buena calidad, con especias aromáticas, y lo puso en una tumba nueva. Luego manda que rodaran una gran piedra para tapar la entrada. El Cuerpo de Cristo sufre momentos de soledad en el que no tuvo una mano piadosa que cerrara sus ojos para que pudiera dulcificar su expresión de dolor.
Tres días más tarde, unas mujeres fueron a la tumba temprano por la mañana. Descubrieron que alguien había hecho rodar la piedra, y la tumba estaba abierta. Dentro de la tumba había un ángel, que les dijo: “No tengan miedo. Jesús ha resucitado. Díganles a los discípulos que vayan a Galilea a encontrarse con él”.
María Magdalena fue rápido a buscar a Pedro y a Juan. Les dijo: “Alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús”. Pedro y Juan fueron corriendo a la tumba. Cuando vieron que estaba vacía, regresaron a sus casas.
Después, María volvió a la tumba. Allí dentro vio a dos ángeles y les dijo: “No sé adónde se han llevado a mi Señor”. Entonces vio a un hombre y pensó que era el jardinero. Le preguntó: “Señor, por favor, dime dónde lo has puesto”. Cuando el hombre respondió: “¡María!”. Ella se dio cuenta que era Jesús y dijo “¡Maestro!”, y se agarró a él, comentándole éste “Diles a mis hermanos que me has visto”. Enseguida, María se fue corriendo y les contó a los discípulos que había visto a Jesús.
Más tarde, ese mismo día, dos discípulos se desplazaban de Jerusalén a Emaús. Un hombre se puso a caminar con ellos y les preguntó de qué estaban hablando. Ellos le dijeron “¿No te has enterado? Hace tres días, los sacerdotes principales mandaron matar a Jesús. Ahora unas mujeres están diciendo que él está vivo ¿Es que no creen en los profetas? Ellos dijeron que Cristo tenía que morir y después ser resucitado”. Luego siguió explicándoles más cosas de las Escrituras. Al llegar a Emaús, los discípulos le pidieron que se quedara con ellos. Cuando estaban cenando, él hizo una oración por el pan, y los discípulos se dieron cuenta de que el hombre era El Mesías. Entonces desapareció.
Los discípulos se fueron corriendo a Jerusalén. Llegaron a la casa donde se habían reunido los apóstoles y les contaron lo que había pasado. Mientras estaban dentro de la casa, Jesús se les apareció. Al principio, los apóstoles no podían creer que era Jesús, pero él les dijo: “Miren mis manos, tóquenme. Estaba escrito que Cristo se levantaría de entre los muertos”.