lunes, 14 de marzo de 2022

La Pasión a través de los ojos de María

María, dulce madre de Jesús. Esa mujer inocente elegida por obra y gracia del Espíritu Santo para traer al mundo al hijo de Dios. Aquella que, junto a San José, ya tuvieron que salvar de un intento de asesinato a ese Mesías que revolucionaría el mundo años más tarde con la palabra y la oración. Ella supo que iba ver morir a ese hijo nacido de sus entrañas para que se cumpliera el mandato de Dios, la salvación del pueblo gracias al sacrificio de Jesucristo, su único hijo.

Cuando Jesús entra triunfal en Jerusalén, ella respira paz. Aún mantiene esa expresión dulce, exenta de dramatismo pero con un rictus de tristeza en la mirada al saber que se acerca el momento que no quiere vivir más aún cuando horas más tarde, Jesucristo expulsa a los mercaderes del Templo de Herodes.

¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis alavaros los pies los unos a los otros. Porque aejemplo os he dado, para que así como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, abienaventurados sois si las hacéis. Jesús, en la última cena, nos regaló un acto bautismal a modo de manifestación de humildad y amor. Es por ello que su bendita madre se encarga de transmitirnos una expresión amable, dulce y dialogante, simbolizando a su vez la muerte de Cristo, porque su hijo realiza ese acto sabedor de su poder para salvar a otros y para dar su vida en cumplimiento del propósito de Dios.

Instantes antes a que Jesús fuera prendido, a María se le empieza a escapar alguna que otra lágrima. Sabía que después de la Última Cena comenzaba la dolorosa travesía que empezaba a sentir. Por eso no era de extrañar que aún mantuviera ese gesto dulce y sin expresión de dolor mesurada. Jesús dijo: “Padre, para ti todo es posible; quítame esta copa. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”.

“Encarnación es el momento en que el Verbo de Dios se encarnó en Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo, asumiendo la naturaleza humana en obediencia a Dios Padre para reconciliar a la humanidad perdida por el pecado”. 

Su llanto se agita y su gesto se encoge mientras a su hijo lo toman preso mientras es abandonado por sus discípulos. María empieza a mirar hacia el cielo con su vidriosa mirada, con un rostro compungido de angustia al ver al hijo de Dios delante de Caifás. Quieren ajusticiar a El Mesías pero no lo consiguen. Tienen que llevarlo a Pilatos para que haga justicia, pero éste prefiere lavarse las manos aceptando la orden del pueblo.

“Un gran prodigio apareció en el cielo. La mujer vestida de sol, con la luna como pedestal, y coronada su cabeza con doce estrellas. Esa es la Virgen de la Estrella, Estrella de la nueva Evangelización y Luz del Tercer Milenio”.

Dulce alude al nombre de María, esa que busca el cruce de miradas con el Maestro mientras éste cae camino del monte calvario. Y ya en dicho espacio, María mantiene esa conversación con el discípulo amado, desde donde también escucha esas siete plegarias que Jesús lanza al mundo mientras pasa horas y horas crucificado hasta su muerte.

“María es en verdad Reina de los Ángeles y de los Santos. Es Reina donde Jesús es Rey. Está siempre rodeada de ángeles. El Arcángel San Gabriel le anuncia que Dios la escogió para ser Madre del Verbo. Cuando da a luz al Redentor, coros de ángeles cantan y anuncian la Buena Nueva en torno al establo de Belén. Los ángeles se la llevan al cielo, en cuerpo y alma en la Asunción”.


María sostiene las manos entrelazadas para tener una actitud orante y suplicante ante el Señor, sosteniendo rasgos semíticos con marcado rictus de dolor y belleza propia de la madre de Dios. No quiere ver sufrir más a ese hijo de Dios que sufre en la cruz.

Jesús muere. Acabó su sufrimiento. Bajado de la cruz gracias a José de Arimatea, María suspira al ver a su primogénito mientras su rostro pálido muestra el dolor del hecho en sí. María vive momentos de soledad abrazando a su hijo porque ella es capaz de perdonarlo todo, de la misma manera que perdona a los hombres por la muerte del Señor para salvarlos. Con la cabeza inclinada a la derecha y las manos cruzadas, María se muestra pensativa y con la mirada perdida en una profunda reflexión. Qué duro será tener a tu hijo entre tus brazos después de haber expirado por última vez antes de abandonar su cuerpo.

Tres días más tarde, Jesús regresa a la vida. el Señor regresó de la muerte cumpliendo el mandato divino de Dios, probando así que era el Salvador de la humanidad. Y María conmemora la victoria de la vida sobre la muerte, llena de júbilo y alegría porque el hijo de Dios se sentará a la derecha del Padre. Porque ella también sabe que de este modo se garantiza que todos los cristianos muertos serán resucitados en la parusía de Cristo.

Paz. Desamparados, Estrella. Caridad y Consolación. Salud. Lágrimas. Amargura. Mayor Dolor. Madre de Dios. Trinidad. Esperanza. Angustias. Siete Palabras. Dolores. Dulce Nombre. Soledad. Piedad. Victoria. Encarnación. Reina de los Ángeles. ¡Cuántas maneras de nombrar, adorar y querer a la verdadera madre del hijo de Dios!.