En el siglo XVI se entendió dentro del clero que una imagen creada bajo la advocación de la Virgen de la Soledad se le debería rendir culto en espacios solitarios alejados del ruido de la ciudad. El Convento de la Coronada, cercano a la desaparecida Puerta de Martos, fue el elegido para crear la Cofradía de la Transfixión y Soledad de la Madre de Dios.
El recinto religioso, que era muy pobre y muy pequeño, vio construido en su interior una iglesia diminuta. Su impulsor fue, en 1556, el prior León, guardián del convento, Pedro Ruiz Alcázar, primer gobernador o prioste, y Don Ambrosio Suárez del Águila, sobrino del obispo Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce.
Preámbulo de los estatutos: “Entre ciertas devotas e inspiradas por gracia del Espíritu Santo, con ayuda de Dios Todopoderoso y de su Bendita Madre, tenemos instituida y ordenada una cofradía y hermandad de Nuestra Señora la Virgen María, la cual se intitula y llama la Transfixión y Soledad de la Madre de Dios, la cual al presente está y reside en el Monasterio de la Virgen Coronada, por todo el tiempo que los muy reverendos padres prior e frailes fuese su voluntad hacernos toda hermandad, e a nos los cofrades pareciere”.
Para que la dolorosa principal recibiera culto por parte de los vecinos de la capital se construyó un humilladero cerca del convento, mientras que otra talla semejante fue instalada en un aposento de la entrada de la portería junto a las celdas y el servicio de la casa. Todos aquellos religiosos que quisieran verla lo podían hacer a cualquier hora del día.Su procesión se celebraba los Viernes Santo por la tarde buscando regresar al monasterio con la luz del sol. Su recorrido discurría por el campo sin necesidad de pisar la ciudad amurallada. Al frente de la misma iba el patrono de la cofradía con el pendón-insignia. Los pasos utilizados eran una cruz dorada, grande y desnuda, y la talla de la soledad, con un manto de terciopelo algodón.
Casi una décima parte de la población mantenía una fiel adoración a la cofradía, la mayoría de ellos labradores y artesanos. Quien quisiera participar en el cortejo debían llevar la cara tapada, vestidos con túnicas y caperuza cuya punta caía por la espalda. Todos estos se disciplinaban mientras los frailes cantaban los salmos correspondientes. El cortejo también estaba formado por hermanos de luz y por alcaldes que regían con cetros la procesión, acompañando así a la dolorosa.
Tras salir del convento, el cortejo se dirigía a la ermita de San Lázaro, continuando el camino por las faldas del cerro de Santa Catalina hasta el nuevo humilladero en honor a la Virgen, desde el que volvían a la Coronada.
Ya en 1579 comenzaron los primeros problemas entre los miembros de la cofradía y el prior del monasterio, ya que éste último propuso que se construyera una capilla en el huerto del recinto, mientras que la hermandad consideró que en su primitivo espacio la imagen era más visitada que en el nuevo espacio que se quiere edificar. Los cofrades fueron en ese mismo instante a por la talla para trasladarla en procesión al convento de la Santísima Trinidad.
Los carmelitas se opusieron a estos actos y la cofradía, en la iglesia de San Lorenzo, acordaron trasladar a toda la congregación, con todas sus imágenes y enseres, al convento trinitario. Como era de esperar, los frailes decidieron no devolver a la hermandad sus pertenencias alegando ésta última que sus estatutos no citaban expresamente que tenían que quedarse en la Coronada y que era mucho mejor caminar por las calles de la capital del Santo Reino porque no iban a estar rodeados ni de barro ni de personas que se saltaban el ayuno en los campos.
Finalmente, la cofradía de la Soledad ganó el litigio, saliendo en procesión desde el convento trinitario por la calle Maestra Baja hasta la Catedral, calle del Obispo, Merced y Maestra Alta, mientras visitaba las parroquias que se encontraban por el camino. En 1584, se instaló en una capilla propia del extinto Convento de San Francisco.
Desde allí salía en procesión “saliendo del dicho convento para ir por la puerta que dicen de Santa María, y entrar en la iglesia Mayor, y por la plaza subir junto a las casas episcopales a la plazuela de don Gabriel de Córdoba, a la Fuente Nueva saliendo de ella volverse por la calle Maestra Alta hasta llegar a San Juan; y saliendo de ella volverse por la calle Maestra Baja, entrando en Santa María de los Ángeles, hasta llegar a la plaza de Santa María y de allí va por la calle Hurtado abajo a Sant Aliphonso, desde donde, vienen por la calle Ancha al convento de la Limpia Redentor, y de allí van con las demás insignias a San Francisco”.
Cada Domingo de Resurrección salía con la procesión del Resucitado siguiendo un parecido itinerario al del Santo Entierro pero desde el Convento de la Concepción. Los frailes de la Coronada, al ver que habían perdido su bien más preciado, decidieron crear una nueva hermandad fundando la Cofradía del Santo Sepulcro y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Para ello se entrevistaron en Córdoba con Fray Juan de Todos los Santos para que éste les facilitara los estatutos de la Cofradía del Santo Sepulcro cordobesa. Los nuevos fundadores fueron Don Ambrosio Suárez del Águila, patrono del monasterio, y Juan de la Fuente, hermano mayor o prioste. Las imágenes elegidas fueron Santa María Magdalena, San Juan Evangelista, los ladrones, Cristo de la Cruz con los brazos diseñados para ponerlo en el Sepulcro, la Virgen de los Siete Cuchillos y el Resucitado con una cruz en la mano. Años más tarde, también incorporó la talla de San Pedro en sus lágrimas y negaciones.
Debido a esta nueva cofradía, la hermandad de la Soledad, por medio de su gobernador Don Bernadino Rodríguez de la Fuente del Sauce, demanda al Santo Sepulcro para que no autorizarse esta nueva creación porque, según éste, ambas cofradías mantienen las mismas insignias pero con diferentes denominaciones. La reacción del Santo Sepulcro fue la de acudir ante dicha autoridad para que prohibiese a la Soledad la salida de sus pasos porque éstos últimos les provocaba daño y contradicción.
La decisión final ante tales demandas fueron la de prohibir a la Soledad sacar en procesión más imágenes de las que les corresponde y a celebrar su procesión al Santo Sepulcro más allá de los límites del convento de la Coronada, so pena de excomunión.
Sin embargo, meses más tarde, el deán y señor provisor aprobó los estatutos del Santo Sepulcro. Este hecho provocó que la cofradía celebrara una procesión desde el convento de Santa Catalina de la Orden de Predicadores para continuar con su caminar entrando en la Magdalena por su puerta principal pero saliendo por otra. El cortejo concluía en la iglesia del convento de la Coronada atravesando las murallas por la Puerta de Martos. Los cofrades de la Soledad, en cambio, sólo ingresaron en la procesión la insignia del Santo Entierro y la procesión del Domingo de Resurrección.
Cada Viernes Santo, después del sermón de la Pasión, los hermanos del Santo Sepulcro caminaban por el campo buscando las tres cruces con las otras imágenes del pasaje evangélico, celebrando así la ceremonia del Descendimiento. A continuación, comenzaba la procesión en dirección al Convento de Santa Catalina donde instalaban en una capilla el Sepulcro rodeado de lumbres encendidas. Durante toda esa noche, muchos hermanos se quedaban velando al Señor mientras el resto regresaban con las demás imágenes a la Coronada al anochecer.
El Domingo de Resurrección, los cofrades del Santo Sepulcro regresaban a Santa Catalina para celebrar la procesión del Señor resucitado acompañados de músicas y así concluir la misma en el convento de los carmelitas.
De nuevo los frailes de la Coronada vuelven a vivir lo sucedido con la hermandad de la Soledad, cuando la Cofradía del Santo Sepulcro se trasladó a la iglesia de la Misericordia de la Orden de San Juan de Dios.
Ya existieron diversos enfrentamientos en plena procesión entre la Cofradía de la Soledad y su predecesora en el convento carmelitano. En 1595, en plena Plaza de la Magdalena, tal encuentro entre ambas congregaciones hizo que existiera una lucha donde salieron muchos heridos. Firmando una concordia en 1622 ambas hermandades se aseguraban que no ocurrieran más enfrentamientos entre ellas.
Estando en San Juan de Dios, la hermandad del Santo Sepulcro era “una de las más devotas y vistosas por sus insignias e imágenes, y gran número de azote y luz, lutos, gallardetes y banderillas con los nombres de las tribus y sibilas, e insignias de la Pasión, planetas y signos eclipsados, y entierro que se hacía en el convento de Santa Catalina, en un vistoso túmulo, y procesión de la Resurrección en la mañana de Pascua y día de la Ascension”.
La procesión salía del antiguo hospital dirección hacia la Magdalena continuando por la calle Maestra Baja para llegar a la Catedral. Desde allí, continuaba por la calle del Obispo, Fuente Nueva, Maestra Alta, San Juan, descender a Maestra Baja hacia Santa Catalina y, desde allí, llegar a su casa hermandad. Durante el recorrido realizaron estación de penitencia en todos los monasterios e iglesias que se encontraban en el camino.
La última vez que salió desde San Juan de Dios fue a finales del siglo XVII, cuando los cofrades concluyeron la procesión en la actual iglesia de San Juan y San Pedro muy a pesar de su antiguo hogar, que intentaron que regresaran al hospital sin éxito. A mediados de dicho siglo, la cofradía intentó mudarse a los dominicos pero finalmente este hecho no ocurrió.
A finales del siglo XVII, la Cofradía de la Soledad dejó de salir en procesión debido a la situación económica que atravesaba el reino español, mientras que la hermandad del Santo Sepulcro deja de salir, también momentáneamente, a principios del siglo siguiente. En 1726 ésta última volvió a reorganizarse, recuperando las imágenes y construyendo dos bóvedas para enterrar a los difuntos cofrades debajo de la nueva capilla de la cofradía.
Al erigirse como Orden Tercera de Siervos de Nuestra Señora de los Dolores pudo aprovecharse de diversas indulgencias y gracias, empezando por celebrar cultos tales como la imposición de escapularios o el septenario en los viernes de cuaresma. La misma también contaba con un corrector, subcorrector y discreto, un gobernador prior, un discreto secular, dos consultores, un maestro de novicios, dos enfermeros, dos secretarios, dos mayordomos, un alférez mayor, dos alcaldes, un receptor y un muñidor.
Todavía en pleno siglo XVIII se seguía celebrando la ceremonia del Descendimiento, aunque en esta nueva etapa la cofradía del Santo Sepulcro depositaba el cuerpo del Señor en Santa Úrsula. Cristo era transportado en un ataúd forrado de raso con un galón de oro fino y llevado por sus hermanos en unas parihuelas doradas.
Con la reforma de los estatutos en el año 1745, se reconoce la firma de una concordia con la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad en el cual ambas hermandades se turnarían para realizar la procesión del Santo Entierro, siendo la Congregación del Santo Sepulcro la que procesionara los años pares y la Cofradía de la Soledad los años impares.
Hubo otro acuerdo con la iglesia de la Magdalena, el cual se aseguró que dicha parroquia era el espacio elegido para trasladar la talla de Cristo muerto. Además, el Domingo de Resurrección se sacaba al Resucitado desde dicha fábrica para trasladarlo a San Juan, desde donde salían por la puerta de los novios las imágenes de Santa María Magdalena, Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista vestidos de gala. Éstas hacían hasta tres reverencias y después, con el alférez mayor portando el pendón de la hermandad, se continuaba con la procesión.
Años más tarde, otro hecho histórico ocurrió en el seno de la Congregación. Fernando IV firmó una Real Cédula por la que se aprobaba las constituciones del Sacro y Real Monte de Piedad para que ésta iniciara una labor benéfica con las clases humildes de Jaén. La llegada de los franceses supuso la pérdida de alhajas y cubiertos de plata depositados en dicho Monte de Piedad. Aunque se restituyera la institución tras la huida de las tropas napoleónicas, la desamortización de Mendizábal acabó con la misma.La Congregación también intentó mudarse de parroquia en el año 1750, cuando intentó residir en la iglesia de San Antonio. El prior de San Juan inició un largo pleito con la Congregación pues éste no quería que se marcharan. Definitivamente, la hermandad regresó a la iglesia donde habitaban.
Ya en pleno siglo XX, dos hechos marcan también el devenir de la agrupación. En 1907 se creó la bautizada sección Sanjuanista formada por jóvenes cofrades con sus propias reglas y con buena fama entre el mundo cofrade. Era tan solicitada por otras hermandades que colaboraban en toda aquella procesión que se lo solicitara. También la dolorosa de esta cofradía tiene el privilegio de ser la primera en llevar palio propio sobre su paso, allá por el año 1928.
El camino de la Cofradía de la Soledad fue algo distinto respecto a la congregación anterior. En el siglo XVIII poseía una privilegiada capilla en el Convento de San Francisco, llegando incluso a regalarle un retablo de madera con escultura para colocar ahí a la imagen de la Soledad acompañada de una lámpara de plata con el que estuviera encendida durante el día y la noche. En la capilla se veneraba a la imagen de la Soledad los días de San José y la Purificación con sermón y órgano. A ella iban muchos seguidores vestidos con sus mejores galas.
Además, se fundó el patronato de Nuestra Señora de la Soledad, siendo sus patronos la Universidad de Priores y Beneficiados. Al ser el patronato independiente de la cofradía, ésta no pudo realizar su estación de penitencia en el año 1710 por problemas económicos. Sin embargo, en 1726 renació de sus cenizas consiguiendo, un año más tarde, una bula escrita por Benedicto XIII por medio del cual se concedían grandes indulgencias a perpetuidad tanto para sus hermanos como para sus difuntos.
En la procesión se encontraban las insignias de San Pedro, Santa María Magdalena, la Cruz desnuda, el Santo Entierro, San Juan y la Virgen de la Soledad junto con los famosos “armaos” que también participaban en el cortejo. El Domingo de Ramos se realizaba la tradicional procesión del Señor Resucitado con cohetes, música, repiques y mucha alegría.
En los años treinta del siglo XIX se ve obligada a abandonar el Convento de San Francisco para refugiarse en la Basílica Menor de San Ildefonso. Sin embargo, la talla del Cristo Yacente fue trasladada a la iglesia de San Clemente hasta que la familia de los Contreras Hernández lo recuperó para llevarlo a un oratorio particular sito en la calle Carrera de Jesús. Todos los Martes Santo, un grupo de cofrades recogían la imagen para que participara los años impares en la procesión del Santo Entierro. Ya estando en San Ildefonso, dicha talla fue destruida durante la Guerra Civil.
En la década de los cuarenta de la centuria pasada, la Cofradía se separa definitivamente de la Congregación de la Vera-Cruz. Desde ese instante, se bendicen nuevas imágenes y, entre 1956 y 1974, sale en procesión, excepcionalmente los años pares, en Sábado Santo.
En 1993, tanto la Cofradía de la Soledad como la Congregación del Santo Sepulcro acuerdan ratificar ese trato realizado en el siglo XVIII por medio del cual mantienen en la actualidad esa alternancia de oficialidad del Santo Entierro pero con la salvedad de que cada agrupación procesionaria con las imágenes que estimara oportuno.